Paulino Tarrías Berlanga (Córdoba, 1966)
Paulino Tarrías Berlanga ha dedicado 44 años de su vida a la Guardia Civil y a Cataluña, la tierra que lo vio crecer desde niño. Hoy, ya en la reserva, habla con una mezcla de orgullo, dolor y lucidez sobre los años más duros del procés, la fractura social, la indiferencia institucional y el desmantelamiento silencioso del Cuerpo en la comunidad donde ha construido su vida.
- ¿Por qué eligió la Guardia Civil? ¿Qué le llevó a ponerse ese uniforme y qué significaba para usted en aquel momento comparado con lo que representa hoy?
Con 16 años no tenía mucha información sobre el Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro. Un compañero de mi padre, cada vez que me veía entrar y salir del cuartel, me decía: “Polilla, ¿cuándo te vas para Valdemoro?”. Como no me veía muy convencido, me planteó la ventaja de cumplir el servicio militar en un “colegio”. He pensado infinidad de veces lo agradecido que estoy de ese pesado, por haberme convencido de tomar una de las mejores decisiones de mi vida, donde he vivido experiencias muy gratificantes y otras no tanto, pero de las que ya no me acuerdo.
Los casi 44 años de vida profesional, desde septiembre de 1982 hasta mayo de 2026, me han pasado volando, por distintos destinos, 42 años en Cataluña y 2 en Estella, sin atrincherarme en mi zona de confort. Ahora el pesado soy yo, y cada vez que veo a una persona en edad de opositar con cualidades, no desaprovecho la ocasión de animarla a emprender esta aventura. Actualmente parece que tener vocación es como tener una enfermedad grave y contagiosa, pero con 60 años me puedo permitir decir lo que me da la gana: estoy muy orgulloso de que me tachen de vocacional.
- Usted vivió el procès desde dentro, con uniforme. ¿Hubo un momento concreto en que sintió que algo se había roto para siempre, que ya no era el mismo territorio ni el mismo Cuerpo?
Hay que aclarar que el problema no se vivió del mismo modo en toda la zona afectada. Estuve en 1987 en Estella, donde dos de mis compañeros sufrieron un atentado. Cuando subíamos al Norte, íbamos prevenidos, a la defensiva: procuraba no llevar anillo de casado… sabías lo que había. Aquí nunca tuvieron que tomar esas medidas, pero hubo momentos en que la tensión en el ambiente te hacía revivir sentimientos que nunca hubieses querido refrescar. Para mi familia y para mí fue emocionalmente muy duro porque estábamos muy integrados en la ciudad, y mucha gente, por convencimiento o por compromiso, tenía que posicionarse en mi contra. Era desconcertante ver cómo personas a las que apreciaba y respetaba te negaban el saludo o evitaban cruzarse contigo en la calle. Se rompieron relaciones que aún hoy se mantienen rotas. Recuerdo haber borrado entre 100 y 150 contactos del teléfono.
En aquel momento era Jefe del Destacamento de Material Móvil de Barcelona. La flota que gestionamos se multiplicó por tres. Nos tocó recoger la publicidad ilícita incautada, nos encerraron en la nave donde se hallaron los nueve millones de papeletas, y nuestros mecánicos y proveedores sufrieron boicots, insultos e incluso amenazas. Fueron jornadas muy duras en las que se respiraba una escalada de violencia. La confianza se marcha al galope y regresa caminando. Afortunadamente, las cosas se aproximan lentamente a la normalidad, gracias al esfuerzo principalmente de las pequeñas unidades que, por su vulnerabilidad, están obligadas a ser más humildes y a convivir entre sus vecinos.
- Servir en Cataluña ha significado para muchos guardias civiles enfrentarse a una sociedad hostil, por un lado, y sentir que el propio Estado miraba hacia otro por el otro. ¿Hubo momentos en que se sintió solo, abandonado por las mismas instituciones a las que representaba?
Sí, hubo momentos en los que me sentí mal, como supongo que le pasó a todos los componentes de esta Comunidad Autónoma. Me ofendió que pareciera cogerles por sorpresa, cuando había síntomas evidentes de lo que se estaba gestando desde que la indignación del 14M de 2011 se capitalizó bajo el paraguas del independentismo. Llegué a Cataluña con 7 años y, sin haber renunciado a mis raíces, no puedo ni quiero evitar sentirme catalán. He pasado la mayor parte de mi vida profesional en la Catalunya Central, y puedo afirmar que la mayoría de la sociedad catalana no es hostil hacia las personas que formamos parte del Cuerpo.
Considero que nosotros también debemos poner de nuestra parte, mostrando respeto a las cosas que para los ciudadanos a los que nos debemos son importantes, comenzando por la lengua que les sale de manera instintiva en una situación extrema. Si en 1978, al amparo del artículo 3 de la Constitución, se hubiesen exigido en las oposiciones conocimientos de la lengua autonómica para acceder a plazas en comunidades con dos lenguas cooficiales, quizás hoy no tendríamos la situación que tenemos, y a coste cero.
- JUCIL denuncia que el desmantelamiento de la Guardia Civil en Cataluña es ya una realidad: el GEAS de L’Estartit, varias unidades de SEPRONA , el GEDEX de Tarragona, Servicio Marítimo, zonas de puertos y aeropuertos… Usted que ama esta tierra y ama el Cuerpo, ¿qué siente al ver que la Guardia Civil va desapareciendo pieza a pieza?
Seguro que hay déficit de personal de Seprona, Geas y Gedex en todas las Comandancias de España. Pero en Cataluña, donde probablemente hay el mayor número de granjas porcinas de todo el Estado, donde probablemente se encuentra la costa con mayor número de turistas de todo el Estado, donde existe el riesgo de atentados con explosivos como los de Hipercor, Vic o las Ramblas, es difícil comprender que no se envíe a buena parte de los componentes que finalicen los cursos de las citadas especialidades a cumplir la servidumbre de esos cursos en Cataluña, ya que, a diferencia del resto de comunidades autónomas, aquí no disponemos de personal de Seguridad Ciudadana suficiente para dar apoyo a las citadas especialidades.
Siento pena e impotencia. Siento que perdemos el partido no por haber jugado mal, sino que perdemos por incomparecencia.
- Ahora que ha pasado a la reserva, ya sin ataduras institucionales: ¿qué mensaje le daría a los compañeros que siguen allí, y qué le pediría al Gobierno que no se atrevió a pedirle mientras estaba en activo?
Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Por ese motivo soy crítico con algunas cosas que considero podrían hacerse mejor. A los compañeros que siguen en Cataluña les diría que inviertan parte de su tiempo en fomentar buenas relaciones institucionales con el resto de administraciones y ciudadanos, porque estamos mucho mejor valorados de lo que creemos. Muchos de los que aún no han retomado la relación que tenían con nosotros están deseando hacerlo y se sienten aliviados ante un gesto de acercamiento por nuestra parte. Que no esperen que todos los cambios vengan de arriba, que tomen iniciativa, porque todos, desde nuestros distintos puestos, podemos aportar algo para mejorar.
A los políticos les diría que una forma de humillar a un trabajador es pagarle menos que a otro equivalente por realizar el mismo o más trabajo, dándose la circunstancia de que nuestra condición militar nos obliga más que al resto. Que tomen nota de cómo la empresa privada incentiva los puestos poco demandados. Que no nos utilicen políticamente, que no nos utilicen como moneda de cambio. Todo lo expuesto es mi opinión personal; probablemente esté equivocado en todo o en parte.